miércoles, 15 de abril de 2009

ACERCA DE LA MODERNIDAD Y SU DETRIMENTO


A continuación dejo un texto que tengo bien guardado, escrito por Marc Augé que quisiera compartir con los visitantes.

Sobremodernidad. Del mundo de hoy al mundo de mañana.
Marc Augé

Partiremos, si les parece bien, de la constatación de dos paradojas. La primera nos concierne a todos. Continuamente escuchamos hablar de globalización, de uniformización, hasta de homogeneización; y de hecho la interdependencia de los mercados, la rapidez, cada día más acelerada, de los medios de transporte, la inmediatez de las comunicaciones por teléfono, fax, correo electrónico, la velocidad de la información y también en el ámbito cultural, la omnipresencia de las mismas imágenes, o, en el ámbito ecológico, la llamada de atención sobre el alza de la temperatura de la tierra o la capa de ozono, nos pueden dar la impresión de que el planeta se ha vuelto nuestro punto de referencia en común.

Esta planetarización puede, según los ámbitos que afecte y la opinión de los observadores, parecer como algo bueno, un mal menor o un horror, pero es, de todos modos, un hecho. Por un lado, sin embargo, vemos multiplicarse las reivindicaciones de identidad local con formas y a escalas muy diferentes entre unas y otras: el más pequeño de nuestros pueblos ilumina su iglesia del siglo XVI y exalta sus especialidades (Thiers, capital de la cuchillería, Janzé, cuna del pollo de
gran-ja); o bien los idiomas regionales recobran su importancia. En Europa y en otras partes del mundo los nacionalismos renacen o se vuelven a inventar. Los resurgimientos religiosos se fundan en un pasado recuperado o reconstruido (la religión maya, el movimiento de la mexicanidad en América Central, el neochamanismo en Corea del Sur). Los integrismos se generan, con más o menor vigor, en el seno de religiones basadas en textos sagrados. Estas reivindicaciones de singularidad a me-nudo están en relación (en relación antagonista) con la mundialización del mercado y tal vez asistimos hoy en día, en Rusia, en América
Latina o en Asia, a fenómenos que no son signos exclusivos de lógicas monetarias, bursátiles o incluso económicas. Aquí, otra vez, las opiniones pueden diferir, pero para el conjunto, cada uno puede constatar felizmente que el mundo no está definitivamente bajo el signo de la uniformidad y a la vez inquietarse ante los desórdenes y las violencias que genera la locura identitaria.
La segunda paradoja me resulta más personal. O más bien tiene que ver con la disciplina a la cual pertenezco. Los etnólogos son por tradición especialistas en sociedades lejanas y exóticas para la mirada occidental, o especialistas en los sectores más arcaicos de las sociedades modernas. Entonces pues, legítimamente nos podemos preguntar si están mejor situados para estudiar las complejidades delmundo actual, si su terreno de investigación no se está reduciendo, desapareciendo. No lo creo; creo incluso lo contrario. Y es quizá al justificar esta afirmación paradójica que podré contribuir a explicitar la gran paradoja, la que nos concierne a todos, la paradoja del mundo contemporáneo, a la vez unificado y dividido, uniformizado y diverso, ala vez (ya volveré a estos términos) desencantado y reencantado.

Mi argumento principal será que los cambios acelerados del mundo actual (pero también sus lentitudes y sus cargas) constituyen un desafío para el enfoque etnológico, pero un desafío que no lo toma del todo de improviso, por razones que quisiera señalar brevemente antes de llegar al tema principal del debate. El método etnológico no tiene como objetivo final el individuo (como el de los psicólogos), ni de la colectividad (como el de los sociólogos), pero sí la relación que permite pasar del uno al otro. Las relaciones (relaciones de parentesco, relaciones económicas, relaciones de poder) deben ser, en un conjunto cultural dado, concebibles y gestionables. Concebibles ya que tienen una cierta evidencia a los ojos de los que se reconocen en una misma colectividad; en este sentido son simbólicas (se dice por ejemplo que la bandera simboliza la patria, pero la simboliza sólo si un cierto número de individuos se reconocen en ella o a través de ella, si reconocen en ella
el nexo que los une: es ese nexo lo que es simbólico). Gestionables porque toman cuerpo en instituciones que las ejecutan (la familia, el Estado, la Iglesia y muchas otras a distintas escalas).
La observación antropológica siempre está contextualizada. La observación y el estudio de un grupo sólo tienen sentido en un contexto dado y además se puede comentar la pertinencia de tal o tal contexto: jefatura, reino, etnia, área cultural, red de intercambios económicos, etcétera. Ahora bien, hoy en día, incluso en los grupos más aislados, el contexto, a fin de cuentas, siempre es planetario. Ese contexto está presente en la conciencia de todos, interfiere desigual pero en todas partes de manera sensible con las configuraciones locales, lo cual modifica las
condiciones de observación. Es al análisis de este cambio al cual les invito ahora. Lo podemos localizar, me parece, a partir de tres movimientos complementarios:

· El paso de la modernidad a lo que llamaré la sobremodernidad.
· El paso de los lugares a lo que llamaré los no-lugares.
· El paso de lo real a lo virtual.

Estos tres movimientos no son, propiamente dicho, distintos unos de los otros. Pero privilegian puntos de vistas diferentes; el primero pone énfasis en el tiempo, el segundo en el espacio y el tercero en la imagen. Baudelaire, al principio de sus Tableaux parisiens [Retratos parisinos] evoca París como un ejemplo de ciudad moderna. El poeta, acodado a su ventana mira "...el taller que canta y que charla; Los tubos, los campanarios, estos mástiles de la ciudad, Y los grandes cielos que hacen soñar con la eternidad."

Los tubos son las chimeneas de las fábricas.

Jean Starobinski hizo notar que es esta acumulación, la adición de las distintas temporalidades lo que configura a la modernidad del lugar. Este ideal de acumulación corresponde a un cierto deseo de escribir o de leer el tiempo en el espacio: el tiempo pasado que no borra del todo el tiempo presente, y el tiempo futuro que ya se perfila. Benjamín, lo sabemos, veía en la arquitectura de los pasajes parisinos, una prefiguración de la ciudad del siglo XX. En resumen, por acumulación, esa imagen del espacio corresponde a una progresión, a una imagen del tiempo como progreso.
Max Weber, para evocar la modernidad, hablará del desencanto del mundo. La modernidad en términos de desencanto puede definirse por tres características: la desaparición de los mitos de origen, de los mitos de fundación, de todos los sistemas de creencia que buscan el sentido del presente de la sociedad en su pasado; la desaparición de todas las representaciones y creencias que, vinculadas a esta presencia [prégnance] del pasado, hacían depender la existencia e incluso la definición del individuo de su entorno; el hombre del Siglo de las Luces es el individuo dueño de sí mismo, a quien la Razón corta sus lazos supersticiosos con los dioses, con el terruño, con su familia, es el individuo que afronta el porvenir y se niega a interpretar el presente en términos de magia y de brujería. Pero la modernidad es también la aparición de nuevos mitos que no son más, esta vez, mitos del pasado pero si mitos del futuro, escatológicos, utopías sociales que traen del porvenir (la sociedad sin clase, un futuro prometedor) el sentido del presente.
Este movimiento de substitución de los mitos del pasado por los del futuro está analizado minuciosa-mente por Vincent Descombes en su libro Philosophie par gros temps (1984).
He aquí el progreso tal y como se concebía, digamos, hasta los años cincuenta, concepción evidentemente sostenida por las conquistas de la ciencia y de la técnica y, en el mundo accidental, por la certeza que con el final de la segunda guerra mundial las fuerzas del bien habían vencido definitivamente a las fuerzas del mal.
Pero esta idea de progreso, directamente surgida de los siglos XVIII y XIX, se va descomponiendo en la segunda mitad del siglo XX. Las evidencias de la historia y las desilusiones de la actualidad llegarán a lo que podríamos llamar un segundo desencanto del mundo, que se manifiesta en tres versiones a la vez contrastadas y complementarias.

En la primera versión, constatamos que los mitos del futuro, ellos también, eran ilusiones. El fracaso político, económico y moral de los países comunistas autoriza una lectura retrospectiva y pesimista de la historia del siglo y desacredita a las teorías que pretenden extrapolar el futuro. El filósofo Jean-Francois Lyotard se refirió al tema como el "fin de los grandes relatos".
La segunda versión es más triunfalista. Corresponde al primer término de la paradoja que evocaba al principio. Es el tema de la "aldea global", según el término de Macluhan, una aldea global atravesada por una misma red económica en donde se habla el mismo idioma, el inglés, y dentro de la cual la gente se comunica fácilmente gracias al desarrollo de la tecnología. Más recientemente, este tema consiguió una traducción política con la noción de "fin de la historia" desarrollada por el americano Fukuyama. Este no sostiene, evidentemente, que la historia de eventos esté acabada, ni que todos los países hayan llegado al mismo estado de desarrollo, sino que afirma que el acuerdo es general en cuanto a la fórmula que asocia la economía de mercado y la democracia representativa para un mayor bienestar de la humanidad. Esta combinación es presentada en cierto modo como indiscutible, y si marca el fin de la historia, para Fukuyama, es porque él identifica la historia con lo que tradicionalmente se denomina la historia de las ideas.
Sin discutir la filosofía que sostiene esta teoría, podemos no obstante constatar que desde su primera formulación, condenaba a pensar la historia actual de una gran parte del planeta como signos de excepción o de retraso. En el plano cultural, los antropólogos americanos de la corriente postmodernista hicieron observar a contrario que hoy en día asistimos a una multiplicidad de reivindicaciones culturales singulares, al despliegue de un verdadero patchwork mundial en el que cada pedazo está ocupado por una etnia o un grupo específico. Y de hecho, en el continente americano, para hacer solamente referencia a éste, las reivindicaciones de las poblaciones amerindias, a menudo en un gran estado de pobreza, pasan por la afirmación de su propia cultura y de su propia historia, incluso en el caso de Chiapas y de muchas otras regiones de América Central y del Sur, cuando recurren, episódicamente o de manera continuada, a la violencia armada.
La antropología llamada postmodernista propone una ideología de la fragmentación (el mundo es diverso y no hay más que decir). Sin duda infravalora los estereotipos que relativizan la originalidad de las reivindicaciones culturales particulares y su integración en el sistema de la comunidad mundial (Chiapas es conocida hoy en día por la opinión pública mundial ya que su animador, el subcomandante Marcos, domina la utilización de los medios de comunicación y del cyberespacio).
La antropología postmoderna tiene por lo menos el mérito de mostrar, en el ámbito cultural, los límites de las teorías de la uniformización. Pero al quedarse sólo en el plano cultural, tal vez indebidamente separada del resto, descuida todas las manipulaciones políticas, todas las violencias integristas u otras que constituyen a su manera un rechazo a la aldea global liberal, y, además, también proclama un cierto final de la historia: el fin, por la fragmentación dentro de la polifonía cultural, del movimiento que daba un sentido, una dirección, a esta historia.
Los teóricos de la uniformización, como los de la polifonía postmoderna, toman nota de hechos reales pero hacen mal, me parece, en inscribir sus análisis bajo el signo del fin o de la muerte fin de la historia, para unos, fin de la modernidad, para otros, fin de las ideologías para todos.
Tal vez sea al revés, y hoy en día suframos de un exceso de modernidad; más exactamente, y al hacer abstracción de todo juicio de valor, quizá podamos ser inducidos a pensar que la paradoja del mundo contemporáneo es signo no de un fin o de una difuminación, pero sí de una multiplicación y de una aceleración de los factores constitutivos de la modernidad, de una sobredeterminación en el sentido de Freud, y después de él de Althusser, término que utilizaron para designar los efectos imprevisibles y difíciles de analizar de una superabundancia de causas.

La noción de sobremodernidad

Neologismo por neologismo, les propondré por mi parte el término de sobremodernidad para intentar pensar conjuntamente los dos términos de nuestra paradoja inicial, la coexistencia de las corrientes de uniformización y de los particularismos. La situación sobremoderna amplía y diversifica el movimiento de la modernidad; es signo de una lógica del exceso y, por mi parte, estaría tentado a mesurarla a partir de tres excesos: el exceso de información, el exceso de
imágenes y el exceso de individualismo, por lo demás, cada uno de estos excesos está vinculado a los otros dos.
El exceso de información nos da la sensación de que la historia se acelera. Cada día somos informados de lo que pasa en los cuatro rincones del mundo. Naturalmente esta información siempre es parcial y quizá tendenciosa: pero, junto a la evidencia de que un acontecimiento lejano puede tener consecuencias para nosotros, nos refuerza cada día el sentimiento de estar dentro de la historia, o más exactamente, de tenerla pisándonos los talones, para volver a ser alcanzados por ella durante el noticiero de las ocho o durante las noticias de la mañana.
El corolario a esta superabundancia de información es evidentemente nuestra capacidad de olvidar, necesaria sin duda para nuestra salud y para evitar los efectos de saturación que hasta los ordenadores conocen, pero que da como resultado un ritmo sincopado a la historia. Tal acontecimiento que había llamado nuestra atención durante algunos días, desaparece de repente de nuestras pantallas, luego de nuestras memorias, hasta el día que resurge de golpe por razones que se nos escapan un poco y que se nos exponen rápidamente. Un cierto número de acontecimientos tiene así una existencia eclíptica ,olvidados, familiares y sorprendentes a la vez, tal como la guerra del Golfo, la crisis irlandesa, los atentados en el país vasco o las matanzas en Argelia. No sabemos muy bien por donde vamos, pero vamos y cada vez más rápido.
La velocidad de los medios de transporte y el desarrollo de las tecnologías de comunicación nos dan la sensación que el planeta se encoge. La aparición del cyberespacio marca la prioridad del tiempo sobre el espacio. Estamos en la edad de la inmediatez y de lo instantáneo. La comunicación se produce a la velocidad de la luz. Así, pues, nuestro dominio del tiempo reduce nuestro espacio. Nuestro "pequeño mundo" basta apenas para la expansión de las grandes empresas económicas, y el planeta se convierte de forma relativamente natural en un desafío
de todos los intentos "imperiales".
El urbanista y filósofo Paul Virilio, en muchos de sus libros, se preocupó por las amenazas que podían pesar sobre la democracia, en razón de la ubicuidad y la instantaneidad con las que se caracteriza el cyberespacio. Él sugiere que algunas grandes ciudades internacionales, algunas grandes empresas interconectadas, dentro de poco, podrán decidir el porvenir del mundo. Sin necesariamente llevar tan lejos el pesimismo, podemos ser sensibles al hecho de que en el ámbito político también los episodios locales son presentados cada vez más como asuntos "internos", que eventualmente competen al "derecho de injerencia". Queda claro que el estrecha-miento del planeta (consecuencia del desarrollo de los medios de transporte, de las comunicaciones y de la industria espacial) hace cada día más creíble (y a los ojos de los más poderosos más seductora) la idea de un gobierno mundial. El Mundo Diplomático del mes pasado comentaba, bajo la pluma, por cierto muy crítica de un profesor americano de la universidad de San Diego, las perspectivas para el siglo que viene trazadas por David Rothkopf, director del gabinete de consultorías de Henri Kissinger. Las palabras de David Rothkopf en el diario Foreign Policy hablan por sí mismas:
"Compete al interés económico y político de los Estado Unidos el vigilar que si el mundo opta por un idioma único, éste sea el inglés; que si se orienta hacía normas comunes tratándose de comunicación, de seguridad o de calidad, sean bajo las normas americanas; que si las distintas partes se unen a través de la televisión, la radio y la música, sean con programas americanos; y que, si se elaboran valores comunes, estos sean valores en los cuales los americanos se reconozcan".
En realidad, no hay aquí nada de extraordinario ya que las tentaciones imperiales no fechan de hoy ni incluso de ayer, pero el hecho notable es que el dominio imaginado ahora es planetario y que los medios de comunicación constituyen su arma principal.
Ahora bien, el tercer término por el cual podríamos definir la sobremodernidad consiste en la individualización pasiva, muy distinta del individualismo con-quistador del ideal moderno: una individualización de consumidores cuya aparición tiene que ver sin ninguna duda con el desarrollo de los medios de comunicación. Durkheim, a principios de este siglo, lamentaba ya la debilitación de lo que llamaba los "cuerpos intermediarios": englobaba bajo este término las instituciones mediadoras y creadoras de lo que llamaríamos hoy en día el "nexo social", tales como la escuela, los sindicatos, la familia, etcétera. Una observación del mismo tipo podría ser formulada con más insistencia hoy, pero sin duda podríamos precisar que son los medios de comunicación los que sustituyen a las mediaciones institucionales.
La relación con los medios de comunicación puede generar una forma de pasividad en la medida en que expone cotidianamente a los individuos al espectáculo de una actualidad que se les escapa; una forma de soledad en la medida en que los invita a la navegación solitaria y en la cual toda telecomunicación abstrae la relación con el otro, sustituyendo con el sonido o la imagen, el cuerpo a cuerpo y el cara a cara; en fin, una forma de ilusión en la medida que deja al criterio de cada uno el elaborar puntos de vista, opiniones en general bastante inducidas, pero percibidas como
personales.
Por supuesto, no estoy describiendo aquí una fatalidad, una regla ineluctable, pero sí un conjunto de riesgos, de tentaciones e incluso de tendencias. Tiempo atrás, la prensa escribió sobre una parte de la juventud japonesa, la cual, a través de los medios de comunicación, llegaba hasta el aislamiento absoluto. Despolitizados, poco informados sobre la historia del Japón, naturalmente opuestos a la bomba atómica y tentados a huir en el mundo virtual, los otaku (es así como los llaman) se quedan en su casa entre su televisor, sus vídeos y sus ordenadores, dedicándose a una pasión monomaníaca con un fondo de música incesante. Un informe americano muy fundamentado dio a conocer recientemente el sentimiento de soledad que invade a la mayoría de los internautas.
En cuanto a la individualización de los destinos o de los itinerarios, y a la ilusión de libre elección individual que a veces la acompaña, éstas se desarrollan a partir del momento en el que se debilitan las cosmologías, las ideologías y las obligaciones intelectuales con las que están vinculadas: el mercado ideológico se equipara entonces a un selfservice, en el cual cada individuo puede aprovisionarse con piezas sueltas para ensamblar su propia cosmología y tener la sensación de pensar por sí mismo.
Pasividad, soledad e individualización se vuelven a encontrar también en la expansión que conocen ciertos movimientos religiosos que supuestamente desarrollan la meditación individual; o incluso en ciertos movimientos sectarios.
Significativamente, me parece, las sectas pueden definirse por su doble fracaso de socialización: en ruptura con la sociedad dentro de la cual se encuentran (lo que basta para distinguirlas de otros movimientos religiosos), fracasan también a la hora de crear una socialización interna, ya que la adhesión fascinada por un gurú la reemplaza y se revela a menudo incapaz de asegurar de forma duradera en la reunión de algunos individuos o más bien la agregación que toma la apariencia de reunión, un mínimum de cohesión. El suicidio colectivo, desde esta perspectiva, es
una salida previsible: el individuo que rechaza el nexo social, la relación con el otro, ya está simbólicamente muerto.

Los no-lugares

Paso ahora al segundo movimiento anunciado, paralelo al primero, el paso de los
lugares a los no-lugares. Para la antropología, el lugar es un espacio fuertemente simbolizado, es decir, que es un espacio en el cual podemos leer en parte o en su totalidad la identidad de los
que lo ocupan, las relaciones que mantienen y la historia que comparten. Tenemos todos una idea, una intuición o un recuerdo del lugar entendido de esta manera. Es, por ejemplo, el recuerdo del pueblo familiar donde pasábamos las vacaciones o también un recuerdo literario. Pienso en Combray (Combray-Iliers) de Proust y en el conocimiento que Francoise, la sirvienta de la familia del narrador, tiene de todos sus habitantes: después de una minuciosa observación de los espacios prácticamente asignados a cada uno en el espacio aldeano, y hasta en la iglesia,
ella le da un sentido al más ínfimo desplazamiento de cualquiera. El lugar, en este sentido, para usar una expresión del filósofo Vincente Descombes en su libro sobre Proust, es también un "territorio retórico", es decir, un espacio en donde cada unose reconoce en el idioma del otro, y hasta en los silencios: en donde nos entendemos con medias palabras. Es, en resumen, un universo de reconocimiento, donde cada uno conoce su sitio y el de los otros, un conjunto de puntos de referencias espaciales, sociales e históricos: todos los que se reconocen en ellos tienen algo en común, comparten algo, independientemente de la desigualdad de sus respectivas situaciones. La vida, la vida individual, no es necesariamente fácil en un lugar tal; tiene sentido pero carece de libertad, y por eso se concibe que en distintos países y en distintas épocas el paso de la aldea a la ciudad haya podido ser vivido como una liberación.
Los antropólogos estudiaron tales lugares. "Desde la aparición del lenguaje, escribió L.S., hizo falta que el universo significara". Hizo falta, en otros términos, reconocerse en el universo antes de conocer algo, ordenar y simbolizar el espacio y el tiempo para dominar las relaciones humanas. Entre paréntesis, y a pesar de los progresos fantásticos de la ciencia, este diálogo entre sentido y conocimiento, entre simbolismo y saber no está a punto de desaparecer, ya que las relaciones entre humanos no pueden depender enteramente de la ciencia o del saber. Así, pues, los
antropólogos estudiaron, en las sociedades que llamamos tradicionales, cómo la identidad, las relaciones sociales y la historia se inscribían en el espacio.
En África, como en Asia, en Oceanía o en América, ni la distribución de las aldeas ni las pautas de residencia, ni tampoco las fronteras entre lo profano y lo sagrado están dejadas al azar. No nacemos dondequiera, no vivimos en cualquier lugar (y hemos inventado palabras sabias para referirnos a la residencia en casa del padre, de la madre, del tío, del marido o de la mujer: patrilocalidad, matrilocalidad, avuncolocalidad, virilocalidad o uxorilocalidad). Incluso las poblaciones nómadas tienen una relación muy codificada con el espacio. Así, los Tuaregs no sólo tienen, naturalmente, itinerarios fijos y señalizados sino que también, en cada una de sus
paradas, las tiendas de campaña son distribuidas en un orden determinado. Esta preocupación por dar sentido al espacio en términos sociales puede también aplicarse a la casa. Jean-Pierre Vernant nos ha recordado que los griegos de la época clásica distinguían el hogar, centro de la morada y asiento femenino de Hestía, del umbral espacio de Hermes, zona masculina y abierta al exterior. El cuerpo mismo en algunas culturas está considerado como un receptáculo de ciertas
presencias ancestrales y se divide (es el caso en ciertas culturas del Sur de Togo y de Benin) en zonas, objeto de curas especiales o de ofrendas específicas. Así, al definir el lugar como un espacio en donde se pueden leer la identidad, la relación y la historia, propuse llamar no-lugares a los espacios donde esta lectura no era posible. Estos espacios, cada día más numerosos, son:

· Los espacios de circulación: autopistas, áreas de servicios en las gasolineras,
aeropuertos, vías aéreas...
· Los espacios de consumo: super e hypermercados, cadenas hoteleras
· Los espacios de la comunicación: pantallas, cables, ondas con apariencia a veces
inmateriales.

Podemos pensar, por lo menos en un primer nivel de análisis, que estos nuevos espacios no son lugares donde se inscriben relaciones sociales duraderas. Sería, por ejemplo, muy difícil hacer un análisis en términos durkheimianos de una sala de espera de Roissy: salvo excepción, por suerte siempre posible, los individuos se mueven sin relacionarse, ni negociar nada, pero obedecen a un cierto número de pautas y de códigos que les permiten guiarse, cada uno por su lado. En la
autopista, sólo veo del que me adelanta un perfil impasible, una mirada paralela, y luego cuando lo tengo delante el pequeño intermitente rojo que encendió casi sin pensarlo.
Estos no-lugares se yuxtaponen, se encajan y por eso tienden a parecerse: los aeropuertos se parecen a los supermercados, miramos la televisión en los aviones, escuchamos las noticias llenando el depósito de nuestro coche en las gasolineras que se parecen, cada vez más, también a los supermercados. Mi tarjeta de crédito me proporciona puntos que puedo convertir en billetes de avión, etcétera. En la soledad de los no-lugares puedo sentirme un instante liberado del peso de las relaciones, en el caso de haber olvidado el teléfono móvil. Este paréntesis tiene un
perfume de inocencia (en francés se puede jugar con la palabra "no-lugares"), pero
no nos imaginamos que pueda prolongarse más allá de unas horas. La versión negra de los no-lugares serían los espacios de tránsito donde nos eternizamos, los campos de refugiados, todos estos campos de fortuna que reciben una asistencia humanitaria, y donde los lugares intentan recomponerse.
Los no-lugares, entonces, tienen una existencia empírica y algunos geógrafos, demógrafos, urbanistas o arquitectos describen la extensión urbana actual como suscitando espacios que, si se retiene la definición que propuse, son verdaderos no-lugares. Hervé Le Bras, en su libro La planète au village [El planeta en la aldea], destaca que vivimos una era de extensión urbana tan desarrollada que hace estallar los límites de la antigua ciudad: un tejido más o menos desorganizado se despliega a lo largo de las vías de comunicación, de los ríos y de las costas. Habla
en este contexto de "filamentos urbanos" y toma como ejemplo a la red urbana que se extiende sin interrupción de Manchester a la llanura del Pô, y a la cual los geógrafos dieron el nombre de "banana azul" para describir la dispersión tan peculiar que se ve en las fotografías tomadas de noche por los satélites. Augustin Berque, en su libro Du geste à la cité [Del gesto a la ciudad], demostró como la ciudad de To-kio perdió su inscripción en el paisaje mientras desaparecían también sus lugares de sociabilidad interna. Hasta hace poco, uno de los elementos del gran
paisaje (el Monte Fuji o el mar) se percibía siempre desde cualquier calle. Pero la construcción de grandes edificios suprimió estos puntos de vista. Por otro lado, las últimas callejuelas o callejones sin salida que creaban lugares de encuentro, de intercambio y de charlas, alrededor de los talleres y de los colmados, desaparecían bajo el efecto de la misma transformación.
El arquitecto Rem Koolhass propuso la expresión de "ciudad genérica" para designar el modelo uniforme de las ciudades que se encuentran hoy en día por doquier en el planeta. La ciudad genérica, escribe él, "es lo que queda una vez que unos vastos lienzos de vida urbana hayan pasado por el cyberespacio. Un lugar donde las sensaciones fuertes están embotadas y difusas, las emociones enrarecidas, un lugar discreto y misterioso como un vasto espacio iluminado por una lámpara de cabecera". Y añade: "...el aeropuerto es hoy día uno de los elementos que caracteriza más distintivamente a la Ciudad Genérica [...] Es, por otra parte, un imperativo, ya que el aeropuerto es más o menos todo lo que un individuo medio tienen la oportunidad de conocer de la mayoría de las ciudades [...] el aeropuerto es un condensado a la vez de lo hiperlocal y de lo hipermundial: hipermundial porque propone mercancías que ni se encuentran en la ciudad, hiperlocal porque en él se proporcionan productos que no existen en ninguna otra parte".

Es necesario aclarar que la oposición entre lugares y no-lugares es relativa. Varía según los momentos, las funciones y los usos. Según los momentos: un esta-dio, un monumento histórico, un parque, ciertos barrios de París no tienen ni el mismo cariz, ni el mismo significado de día o de noche, en las horas de apertura y cuando están casi desiertos. Es obvio. Pero observamos también que los espacios construidos con una finalidad concreta pueden ver sus funciones cambiadas o adaptadas. Algunos grandes centros comerciales de las periferias urbanas, por ejemplo, se han convertido en puntos de encuentro para los jóvenes que han sido atraídos, sin duda, por los tipos de productos que se pueden ver (televisión, ordenadores, etcétera, que son el medio de acceso actual al vasto mundo); pero, más aún, empujados por la fuerza de la costumbre y la necesidad de volver a encontrase en un lugar en donde se reconocen. Finalmente, está claro que es también el uso lo que hace el lugar o el no-lugar: el viajero de paso no tiene la misma relación con el espacio del aeropuerto que el empleado que trabaja allí cada día, que encuentra a
sus colegas y pasa en él una parte importante de su vida.
La definición del espacio está, en consecuencia, en función de los que viven en él. En una tesis que dio lugar a un libro, Coeur de Banlieue [Corazón de suburbio], uno de mis antiguos estudiantes describió cómo en Courneuve, en la ciudad de los 4000, los más jóvenes (entre 10 y 16 años) constituían bandas que se apropiaban del territorio de su ciudad, lo defendían eventualmente contra otras bandas y hacían cumplir a los nuevos miembros unos ritos iniciáticos que siempre estaban relacionados con el dominio lúdico y simbólico del lugar. En este caso deberíamos hablar, más bien, de superlocalización. En la televisión, en directo, hasta vimos a adultos llorar delante del espectáculo del derrumbamiento de las "barras" (grandes edificios de los suburbios), en las cuales habían vivido. Si bien estos grandes grupos de vivienda podían parecer deplorables a los observadores foráneos, para otros habían sido, mal que bien, un lugar de vida.
La superlocalización puede ser vinculada a fenómenos de exclusión o de marginación. Sabemos que los jóvenes de los suburbios "se precipitan" sobre París el sábado por la noche, y más precisamente a ciertos barrios ¾la Bastille, le Forum des Halles, Les Champs Elysées, que, sin duda, les parecen condensar la quintaesencia del "espectáculo" urbano y donde tienen la oportunidad de ver, y eventualmente, de experimentar los aparatos que dan acceso al mundo de la información y de la imagen. Tal vez vamos hoy en día a ver de los escaparates de las tiendas de televisores y de ordenadores como íbamos antes, en mi pueblo bretón, a la orilla del mar para soñar con partidas y viajes. El "fuera del lugar" de una ciudad, la capital, de la cual sólo son captados por definición sus reflejos, sería la contrapartida del "super-lugar" de la metrópoli.
Al hablar del espacio estamos naturalmente inducidos a hablar de la mirada, no sin identificar, a este respecto, un peligro, un riesgo. Toda superlocalización conlleva el peligro de ignorar a los otros, los del exterior inmediato, de desimbolizar, en este sentido, la relación social, y, más aún, de obviarla por tener sólo acceso, a través de las imágenes, aun mundo soñado o fantaseado. Lejos de reservar este riesgo sólo a nuestros suburbios, pienso que es el riesgo de todos en distintos grados. Pero la aparición en algunos continentes de barrios privados, hasta ciudades
privadas, y en todas las grandes ciudades del mundo de edificios superprotegidos con sus puentes levadizos electrónicos, demuestra que para muchos, lo que llamamos la planetarización, corresponde a un intento contradictorio, y en ciertos aspectos un poco irrisorio, de conciliar el repliegue del cuerpo al abrigo de fronteras estrechas y el vagabundeo de la mirada a través de las imágenes del mundo o el mundo de las imágenes: ¿no es, después de todo, la actitud del que se duerme en el hueco de su cama para soñar con lo vivido el día anterior?.

De lo real a lo virtual

Alcanzamos aquí, me parece, el punto central de nuestro tema. Más allá de nuestros interrogantes en cuanto a las mutaciones del tiempo y del espacio, se trata de la relación que mantenemos con lo real, concebido él mismo como problemático, ya que nos atrevemos a hablar del paso de lo real a lo virtual.
En primer lugar dos precisiones:
El término "virtual" se utiliza hoy en día de manera poco clara. Las imágenes llamadas virtuales no lo son en calidad de imágenes. Por esta razón, son eminentemente actuales, y algunas realidades que representan son, además, también actuales. Al contrario, todas las ficciones a las cuales dan forma, todos los "mundos" que representan (como en los video-juegos) no son forzosamente "virtuales" si no tienen ninguna oportunidad, ninguna posibilidad de hacerse "actuales" o de realizarse, mientras no sean realidades "en potencia" (pensamos aquí en la definición del Littré. Virtual: "Que resulta sólo en potencia y sin efecto actual"). En cambio, lo que es virtual, y podría ser una amenaza, es el efecto de la fascinación absoluta, de devolución reciproca de la imagen a la mirada y de la mirada a la imagen que el desarrollo de las tecnologías de la imagen puede generar.
En este punto, una segunda precisión tal vez sea necesaria. No tengo ninguna intención de disertar contra la imagen y las tecnologías de la comunicación (esto no tendría sentido). Subrayar los peligros que comportan la alienación progresiva a una tecnología, las confusiones inducidas por el peso de la pereza y de la costumbre, intentar reconocer la fuerza y los efectos de la ilusión, es más bien recordar que la imagen, por más sofisticada que pueda ser, sólo es una imagen, es decir, un me-dio de ilustración, a veces de exploración, a menudo de comunicación o también de distracción. Marx decía que las relaciones con la naturaleza correspondían en última instancia a relaciones entre los hombres; podríamos más evidentemente, y con más razón, decir lo mismo de las relaciones con las imágenes.
Quisiera entonces enumerar rápidamente todas las ambigüedades de nuestra relación con la imagen antes de sugerir en qué condiciones puede no ser un obstáculo a la libre construcción de nuestras identidades individuales y colectivas.
Por-que es aquí, creo yo, donde radica el desafío esencial de nuestro futuro. La imagen recibida o percibida, sobretodo la que difunden nuestros televisores, tiene varias características.
·Iguala acontecimientos: millones de muertos en Afganistán; nuevo fracaso del París Saint-Germain.
·Iguala personas: las figuras de la política, las estrellas del espectáculo, del deporte y de la televisión misma, pero también las muñecas y otros títeres que se pegan a la piel de los que caricaturizan, o incluso los personajes ficticios de algunos culebrones que nos parecen más reales que los actores. Esta igualación no es inocente en la medida que dibuja los contornos de un nuevo Olimpo, cercano pero inaccesible como un espejismo del que reconocemos los héroes y los dioses sin realmente conocerlos.
·Hace incierta la distinción entre lo real y la ficción. Los acontecimientos están concebidos y escenificados para ser vistos en la televisión. Lo que veíamos de la guerra del Golfo tenía la apariencia de un video juego. El desembarco a Somalia se hizo a la hora anunciada, como cualquier otro espectáculo, delante de centenares de periodistas. Si la vida política internacional, hoy día, a menudo tiene aspectos de "culebrón" es sin duda, ante todo, porque debe ser llevada a la pantalla, por múltiples razones, en las cuales intervienen tanto los cálculos tácticos de los actores como las expectativas o costumbres de los espectadores.
Las mediaciones políticas están sometidas así al ejercicio mediático. Algunos ven en la televisión de hoy el equivalente del ágora griega, pero quizá infravaloran la pasividad que conlleva la definición del ciudadano como espectador.
Otro efecto deletéreo de la poderosa presencia [prégnance] de la imagen, bien podría ser equiparado con lo que, a propósito de otras drogas livianas, llamamos adicción. La adicción a la imagen aísla al individuo y le propone simulacros del prójimo. Más estoy en la imagen, menos invierto en la actividad de negociación con el prójimo que es en la reciprocidad, constitutiva de mi identidad. La relación simbólica de la que hablaba al principio, y que en todas las sociedades es a la vez objeto y desafío de la actividad ritual, implica esta doble actividad de
reconocimiento del prójimo y de la reconstrucción de sí mismo.
Las imágenes, en esta actividad eminentemente social, pueden tener un papel decisivo, un papel mediador, por eso se utilizaron en las empresas de conquista y de colonización cuya historia nos proporciona muchos ejemplos. Así las órdenes mendicantes, y luego los jesuitas, para convertir a los indios de México empezaron a sustituir sus imágenes, las de una tradición azteca muy rica en este ámbito, por las del barroco cristiano y castellano. Esta "guerra de imágenes", para tomar el titulo del libro del especialista en historia de México Serge Gruzinski, duró siglos, y aún hoy en día no está del todo acabada cuando desde hace algunos años el evangelismo protestante de origen norteamericano empieza, no sin éxito, a erradicar toda referencia a las imágenes católicas o paganas, y conduce, con menos ruido, a una nueva guerra de religión que se extiende a todos los continentes, sobretodo con pantallas superpuestas, porque, si bien denuncian la imaginería católica o los fetiches paganos, los evangelistas no odian ni el espectáculo, ni la pantalla.
El hecho nuevo hoy en día, y aquí radica el problema, es que a menudo la imagen ya no representa un papel de mediación con el otro, pero sí se identifica con él. La pantalla no es un mediador entre yo y los que me presenta. No crea reciprocidad entre ellos y yo. Los veo pero ellos no me ven. Esta mediación naturalmente puede existir en otra parte; puedo tener un nexo familiar, político, amistoso o intelectual con los que veo en la pantalla. La molestia empieza cuando el simulacro se instala, cuando la ficción hace las veces de real, cuando todo pasa como si no hubiera otra realidad que la de la imagen.
Ahora bien, este fenómeno de sustitución de la realidad por la imagen, que inicialmente suponía representar o ilustrarla, es muy generalizado hoy en día, y tomaré, para acabar, un ejemplo de ello que no es directamente o estrictamente ni político ni mediático. El mundo es recorrido hoy en día por flujos de población que esencialmente van en sentidos contrarios: los inmigrantes a los que sus dificultades económicas precipitan hacía un mundo occidental, que tienden a mitificar; los turistas, con el ojo pegado a sus cámaras y encandilados, recorren los países que a menudo son aquellos de donde parten los inmigrantes. No es cierto que, recorriendo el mundo, fotografiándolo y filmándolo, no encontremos esencialmente en nuestros viajes, como en el famoso albergue español, lo que nosotros mismos habíamos llevado allí: imágenes y sueños.
Poco tiempo atrás, Disney Corporation ganó un concurso organizado por el ayuntamiento y el Estado de Nueva York para la edificación de un hostal, un centro comercial y de ocio en Times Square, así como la remodelación del barrio. Lo que más destaca en el proyecto de los arquitectos de Disney es que instala el mundo de Superman, con su arquitectura caótica y atravesada por rayos galácticos, en el corazón de la ciudad, como componente normal de ella. Algunos periodistas
notaron que el nuevo Times Square era fiel a la estética de los centros de ocio ya instalados en Estados Unidos. Fuera de los debates sofisticados sobre el sentido de la obra, el efecto Disney se toma en serio y se constituye en autoreferencia para el futuro. Se riza así el rizo: de un estado en el cual la ficción se nutría de la transformación imaginaria de lo real, hemos pasado a un estado en el cual lo real se esfuerza en reproducir la ficción. Bajo este diluvio de imágenes, ¿queda aún sitio
para la imaginación?
Hay que concluir, y tal vez matizar o corregir, el sentimiento de pesimismo un poco distante que pueda advertirse en mis palabras. No me siento, propiamente dicho, ni distante ni pesimista; quisiera convencerlos formulando dos observaciones y contándoles una anécdota.
La primera observación es que la sociología real, o si lo preferimos, la sociedad real, es más compleja que los modelos que intentan dar cuenta de ella. Digamos que en la realidad concreta, los elementos que justifican o dirigen la elaboración de modelos interpretativos no se excluyen sino que se sobreañaden.
En la realidad, tal como la podemos observar concretamente, nunca hubo desencanto del mundo, nunca hubo muerte del Hombre, fin de grandes relatos o fin de la historia, pero hubo evoluciones, inflexiones, cambios y nuevas ideas, a la vez que reflejos y motores de cambios. No se debe confundir la historia de las ideas ni la de las técnicas con la historia a secas. Estemos tranquilos: la historia continúa.
Quizá incluso, en un sentido (si prestamos atención al hecho de que desde ahora su horizonte es el planeta en su totalidad), podamos adelantar que es sólo ahora que comienza, que sólo ahora sale de la prehistoria. Si la realidad de hoy tiene a menudo la apariencia de un espectáculo, de una
película o de un show, si podemos tener la sensación de que por la extensión de los espacios de anonimato, de los espacios de la imagen y de la comunicación, la historia condena a muchos humanos a la soledad, y por la globalización de la economía a muchos también (a menudo son los mismos) a la exclusión. Sin embargo, podemos sin duda sacar fruto de una lección que autoriza, me parece, la experiencia antropológica: el individuo solo es inimaginable y su existencia imposible. Salvo algunas excepciones, los humanos no se perderán en el centelleo de los medios de comunicación. Y tanto si se confirma el sentimiento de déficit simbólico, de debilidad social que nos invade a veces (pero ya Durkheim...), podemos estar seguros de que unas recomposiciones simbólicas y sociales se operarán por vías múltiples e invisibles. Sí, para lo mejor y para lo menos bueno, la historia continúa.
Sin duda la historia de mañana, como ya la de hoy, será recorrida por una doble tensión, entre sentido y ciencia, por un lado, soledad y solidaridad, por el otro. La ciencia, al contrario del mito y de la ideología, no tiene nada para tranquilizarnos:
avanza desplazando las fronteras de lo desconocido, y está claro que hoy en día resucita vértigos pascalianos al descubrir en la intimidad del individuo la suma de sus determinantes (estamos cartografiando el genoma humano), justo en el momento en el cual la astrofísica vuelve a actualizar la idea de lo infinitamente grande.
No estamos más en la época del totemismo y de los símbolos elementales, en la época donde la naturaleza proporcionaba fácilmente un lenguaje a la organización de los hombres. Pero hay que vivir, seguir "cultivando nuestro huerto", como decía Voltaire, y para eso afrontar la necesidad de lo social, pensar lo cotidiano a una escala humana, es decir, en algún sitio entre el individuo y lo infinito: no reelaborar lo social.
La historia de ahora en adelante (y es un hecho sin precedentes) será conscientemente la del planeta percibido como planeta, como minúsculo elemento de un sistema entre una infinidad de otros sistemas. Pero por esta misma razón, la aventura, mañana, seguirá siendo una aventura identitaria: la relación entre unos y otros será más que nunca un desafío.
Hace algún tiempo tuve la suerte de tratar mucho con un grupo de indios yaruropumé en la frontera de Venezuela y Colombia. Aislados, casi sin recursos, es-tos indios celebraban casi cada noche una ceremonia, el Tôhé, durante la cual un chamán viaja soñando a la casa de los dioses. Por la mañana cuenta su viaje, que a menudo tiene una meta concreta (pedir la opinión de un dios, recuperar el alma robada de un hombre o de una mujer enfermos, tener noticias de un muerto), y describe el país de los dioses.
Este país es una ciudad donde circulan coches silenciosos entre las altasconstrucciones iluminadas. En los cruces, la comida y las bebidas son entregadas a discreción. Total, este mundo de dioses es una imagen magnificada de Caracas donde estos pumé nunca han ido, pero de la cual han recolectado algunos ecos o algunas imágenes interrogando a visitantes u hojeando revistas encontradas. Así, nuestras ciudades han invadido el imaginario de estos indios. Pero son ciudades de ensueños, en su doble sentido. En la realidad, cuando algunos de estos pumé dejan su campamento, paran a las puertas de la ciudad, en las chabolas donde los televisores les proponen, a todas horas, sustitutos a las imágenes de sus sueños, ficciones abandonadas por sus dioses. El sueño y la realidad se degradan conjunta-mente. Las ciudades de los sueños indios no son
más reales que los indios de los sueños occidentales y juntos se desvanecen. Pero este doble malentendido demuestra, a su manera, que nos hemos vuelto todos
(trágicamente, desigualmente, pero ineluctablemente) contemporáneos. Es la historia de esta contemporaneidad, rica en esperanzas y cargada de contradicciones, la que hoy empieza.

FUENTE ORIGINAL : http://www.memoria.com.mx/129/auge.htm


domingo, 5 de abril de 2009

POST - IT CITY


POST-IT CITY

El concepto de Post-it City. Ciudades ocasionales designa distintas ocupaciones temporales del espacio público, ya sean de carácter comercial, lúdico, sexual o de cualquier otra índole, con la característica común de apenas dejar rastro y de autogestionar sus apariciones y desapariciones.Al utilizar la idea de Post-it City como eje de esta investigación, intentamos subrayar dos tipos de consideraciones: el potencial político que contiene la idea en sí misma y su eficacia metodológica para estudiar contextos sociales y urbanos muy dispares.Los fenómenos Post-it City ponen de relieve la realidad del territorio urbano como el lugar donde, de forma legítima, se solapan distintos usos y situaciones, en oposición a las crecientes presiones para homogeneizar el espacio público. Frente a los ideales de la ciudad como lugar de consenso y de consumo, las ocupaciones temporales del espacio rescatan el valor de uso, desvelan distintas necesidades y carencias que afectan a determinados colectivos, e incluso potencian la creatividad y el imaginario subjetivo. Tras la realidad Post-it City, la ciudad reaparece como territorio atravesado por múltiples dinámicas y procesos, pero también por numerosos sujetos de genuina dimensión política gracias a su lícita acción intrusa, parasitaria y de reciclaje como estrategias de supervivencia y de imaginación.Desde otra perspectiva, las actividades temporales que infectan el espacio público con numerosos artefactos para-arquitectónicos permiten que la reflexión acerca de la experiencia urbana reconduzca su atención hacia lo minúsculo, corrigiendo así la arrogancia de la arquitectura tradicional.


Más info en la fuente original: http://www.ciutatsocasionals.net/homepage.htm

sábado, 4 de abril de 2009

SUPERUSE


Durante el semestre anterior tuve la oportunidad de participar en el Workshop ligthness sobre Estructuras ligeras. El Profesor invitado en dicha ocasión fue el holandes Ed Van Hinte. El Workshop consistió en la elaboración de (lo que me atrevería a llamar) dispositivos situados en distintos escenarios territoriales (situados hipotéticamente en un un corte transversal) del Valle de la Séptima Región de Chile.
Bajo la idea del material compuesto o compositie, que consistía básicamente en un material nuevo compuesto por distintos materiales, se establecía un proceso de identificación y reconocimiento de las cualidades y comportamiento estructural de este (compositie) y sus componente; estudio que permitía no sólo comprender, sino también derivar (luego de un arduo proceso experimental) en una combinatoria (compositie final) cabalmente consecuente al uso o función preestablecido.
De esta manera la busqueda del material, a partir de un dispositivo funcional como objetivo, debía obligatoriamente desembocar en una combinatoria de fácil y rápida producción y facturación(bajo costo energético) , reciclable y consecuente a su funcionalidad.
El tema es que en la Red me acabo de encontrar con el Libro SUPERUSE editado por 2012 Architects, donde participa Ed Van Hinte. Lo interesante (dentro de todo lo interesante) de la propuesta de SUPERUSE es la concepción regeneratoria de aquellos espacios residuales dentro del organismo Ciudad ( entiéndase estos espacios en sus entido más amplio), a partir precisamente de materiales restantes, sobrantes y rescatados de viejas construcciones. A modo de una ciudad que reconstruye sus heridas continuamente aprovechando su propia materia.

La reseña del Libro según CCA - ACTIONS (nuevas acciones en el espacio urbano)
http://cca-actions.org/actions/it-can-only-be-made-trash

SUPERUSE Construyendo Arquitectura ahora desde materiales exedentes rescatados

Un libro, sitio web (superuse.org), y la fundación de reciclaje fueron creados para familiarizar y conectar a diseñadores con materiales restantes de escombros de la construcción y basura malgastada para revitalizar edificios y espacios urbanos vacantes. Producción desde materiales corrientes para usos y disposiciones en circuitos pequeños, recodos desperdiciados dentro de materiales crudos para nuevos proyectos. Diseñar actitudes que cambien con exito adecuado esta nueva materia,que es mas demandante y contextualmente rica que en los materiales tradicionales.
2012 Arquitectos es un equipo de arquitetcos y diseñadores holandeses interesados en minimizar costos energeticos por producción, considerando la inherencia de los problemas del respectivo contexto.


martes, 17 de marzo de 2009

WALKER EVANS, OJO CAPTURADOR DE LA SOCIEDAD MODERNA






Durante su carrera Evans captó en imágenes concisas, contundentes y sobrias todas las caras de una sociedad capitalista que se presenta al mundo como un ejemplo brillante de desarrollo. "Evans señaló el camino contemporáneo en el arte de la fotografía", indica Gollonet para quien las imagenes de Evans se presentan sin la "magia del cuarto oscuro".Entre sus imágenes más conocidas figuran el retrato de un niño descalzo en el interior de su casa en Morgantown. La austeridad del interior contrasta con la presencia de carteles publicitarios que prometen bienestar y felicidad. También son muy populares sus retratos de granjeros arrendatarios en Alabama. Retrato denuncia de CubaSu paso por La Habana, con el objetivo de ilustrar el libro El crimen de Cuba, supuso una de las primeras denuncias del régimen, según Gollonet, al explorar y retratar los rincones de una ciudad en la que aparecen obreros, vagabundos, estibadores, prostitutas y niños como en la Familia cubana indigente (1933) o Vagabundo durmiendo (1933).Pero a partir de 1938, Evans emprende un experimento radical dentro del retrato y comienza a trabajar ocultando la cámara bajo el abrigo, sin control de encuadre para centrarse en las caras y en los gestos de los viajeros del metro de Nueva York. Pretendía fotografiar a las personas de improviso, atrapándolas al natural y mostrándolas sin tapujos. Entre 1945 y 1965, Walker Evans se convierte en fotógrafo en exclusiva par ala revista Fortune. En esta etapa, Evans publicará álbumes importantes, uno de ellos es, Beauties of The Common Tool (1955) compuesto cinco fotografías en las que muestra cinco herramientas comunes, pero aisladas y ampliadas, resaltan como si se tratara de esculturas abstractas. La llegada del colorA pesar de su desconfianza hacia la eficacia pictórica del color, en la última fase de su carrera -desde finales de los cincuenta hasta su muerte en 1975- se convierte, sorprendentemente, en el eje de su trabajo y en una nueva lente a través de la que investigar sus intereses. En 1974, el lanzamiento de la Polaroid SX-70 ofrecerá a un artista de salud débil la posibilidad de seguir creando, al suprimir por completo el duro trabajo del cuarto oscuro. En sus instantáneas postreras persisten los temas que le han obsesionado a lo largo de toda su carrera. En las fotografías de letreros, aunque los colores chillones sean nuevos, pero la fragmentación y el lenguaje provocativo y con doble sentido permanecen fieles a la iconografía vital de Evans. Otra característica de sus últimos años es su carácter coleccionista. Sólo en su casa acumulaba cerca de 9.000 postales y otros objetos vernáculos que recogía y ordenaba. él mismo comentó cómo la fotografía era una forma de coleccionismo.


Fuentes originales:


El Mundo




domingo, 1 de marzo de 2009

NEO RUINAS POR HISAHARU MOTODA

Ginza 4-Chome crossing
Ginza Chuo Dori


Kabukicho


Shibuya Center Town



Picture this bustling street market, empty of human life, absent of familiar sounds, smells, lights. Crumbling, overgrown, silent.

If you can wrap your head around that image, then you’ve got an idea of what Japanese artist Hisaharu Motoda conveys in his series of Neo-Ruins lithographs: exceptionally detailed, vivid representations of a futuristic, post-apocalyptic Tokyo, where humans are nowhere to be found and nature fights back in a bid to take over our concrete jungles. Compare Motoda’s rendering of Ameyoko street market in Tokyo’s Ueno district to the photograph above:



Motoda states:
“There is a Japanese saying ‘anything is impermanent’. Perhaps, I want to send a message ‘Anything is impermanent’ through my work. And, I feel beauty on such fragile things, and would like to express it in my work.”

The images certainly are beautiful, and invoke a sense of human vulnerability, reminding us of the power and resilience of the natural world.

viernes, 27 de febrero de 2009

EL FIN DE LOS LIBROS



Por ROBERT COOVER
(publicado en el New York Times del 21 de julio de 1992)


En el mundo real hoy en día, esto es, en el mundo de las transmisiones en video, los teléfonos celulares, las máquinas de fax, las redes computacionales, y en particular allá, en los ronroneantes precintos digitales de los hackers de vanguardia, de los ciberpunks y los freaks del hiperespacio, muchas veces escucharás que el medio impreso es una tecnología perdida y pasada de moda, una simple curiosidad de días pretéritos, destinada pronto a consignarse para siempre a esos museos polvorientos y desatendidos que ahora llamamos bibliotecas. Efectivamente, la proliferación misma de libros y otros medios impresos, tan dominantes en esta era de cosecha de bosques y gasto de papel, se sostiene como señal de su febril condición moribunda, el último aliento fútil de una forma antes vital, antes que finalmente pase a mejor vida, tan muerto como Dios.
Lo cual significaría, claro, que la novela también, tal y como la conocemos, ha llegado a su fin. No es que aquellos que anuncian su fallecimiento estén lamentándose. Ya que por todo su encanto, la novela tradicional, la cual tomó el escenario central al mismo tiempo que surgieron las democracias mercantiles industriales –y que Hegel llamó “la épica del mundo de clase media”—se percibe por sus posibles ejecutantes como el portador virulento de los valores patriarcales, coloniales, canónicos, propietarios, jerárquicos y autoritarios de un pasado que ya no está con nosotros.
Mucho del supuesto poder de la novela está incrustado en la línea, ese movimiento compulsivo que dirige el autor, desde el comienzo de una oración a su punto, desde la parte de arriba de la página a su parte baja, desde la primera página hasta la última. Claro, a través de la larga historia de la imprenta, ha habido innumerables estrategias para contrarrestar el poder de la línea, desde marginalia y pies de página hasta las innovaciones creativas de novelistas como Lawrence Sterne, James Joyce, Raymond Queneau, Julio Cortázar, Italo Calvino y Milorad Pavic, sin excluir al padre de la forma, el mismo Cervantes. Pero la verdadera libertad contra la tiranía de la línea se percibe como sólo posible ahora, finalmente, con el advenimiento del hipertexto, escrito o leído en la computadora, donde la línea en realidad no existe a menos y que uno la invente y la implante en el texto.
El “hipertexto” no es un sistema sino un término genérico, creado hace un cuarto de siglo por un populista de la computación llamado Ted Nelson, para describir la escritura hecha en el espacio no lineal y no secuencial hecho posible por la computadora. Además, a diferencia del texto impreso, el hipertexto proporciona múltiples rutas entre segmentos de texto, ahora llamados “lexias”, tomando del pre-hipertextual pero profético Roland Barthes. Con sus redes de lexias vinculadas, sus redes de rutas alternas (contrario al manejo unidireccional y fijo de las páginas impresas) el hipertexto presenta una tecnología radicalmente divergente, interactiva y polívoca, favoreciendo una pluralidad de discursos por sobre una enunciación definitiva, y liberando al lector de la dominación del autor. El lector y el escritor de hipertexto se dice que se convierten en co-aprendices y co-escritores, viajantes que se acompañan en el mapeo y remapeo de los componentes textuales (y visuales, cinéticos y aurales), y que no todos éstos son proporcionados por lo que solíamos llamar autor.
Aunque al principio fue usado principalmente como un espacio radicalmente nuevo de enseñanza, para mediados de los ochenta el hiperespacio estaba llamando a los escritores de ficción hacia sus redes intricadas e infinitamente expandibles infinitamente seductoras, sus jardines verdosos de senderos múltiples, para aludir a otro autor popular entre los fanáticos del hipertexto, Jorge Luis Borges.
Varios sistemas apoyan la configuración de este espacio para la escritura de ficción. Algunos usan vínculos simples y al azar, como el barajeo de cartas, otros (como Guide y HyperCard) ofrecen una especie de juego de herramientas para hacerlo tú mismo, y aun otros (sistemas más elaborados como Storyspace, actualmente el software predilecto entre los escritores de ficción en este país, e Intermedia, desarrollado en la Universidad de Brown) proporcionan un paquete completo de invenciones sofisticadas para la estructuración y la navegación.
Aunque los campeonoes del hipertexto muchas veces asaltan la arrogancia de la novela, sus propios reclamos son difícilmente modestos. Muchas veces los escucharás proclamar, muy seriamente, que ha habido tres grandes eventos en la historia de la alfabetización: la invención de la escritura, la invención del tipo móvil y la invención del hipertexto. Como lo plantea el caminante del hiperespacio George P. Landlow en su libro reciente sobre el campo, “Hipertexto”: “El procesamiento de texto electrónico señala el próximo gran cambio en la tecnología de la información, después del desarrollo del libro impreso. Promete (o amenaza) con producir efectos en nuestra cultura, particularmente en nuestra literatura, educación, crítica y academia, igual de radical que lo que produjeron los tipos móviles de Gutenberg.”
Señalando que el “movimiento de lo táctil a lo digital es el hecho principal del mundo contemporáneo,” Landlow observa que, mientras que la mayoría de los escritos de críticos impresos trabajando en una tecnología exhausta son “modelos de solemnidad académica, registros de desilusión y de valiente sacrificio de posiciones humanistas,” los escritores en y sobre hipertexto son “francamente celebratorios…La mayoría de los postestructuralistas escriben desde el interior del umbral de un día por venir deseado; la mayoría de los escritores de hipertexto escriben acerca de muchas de las mismas cosas desde el interior del alba.”
Y seguramente que es el alba. El abuelo de las ficciones en hipertexto de larga duración es “Afternoon” de Michael Joyce, presentada al público en floppy disk en 1987 y pasada a un “lector” de Storyspace, parcialmente desarrollado por Joyce, en 1990.Joyce, que también es autor de una novela impresa, “The War Outside Ireland: A History of the Doyles in North America With an Account of their Migrations,” escribió en el periódico en línea Postmodern Culture que la hiperficción “es la primera instancia del primer texto electrónico, lo que vendremos a concebir como la forma natural de una verdadera escritura multimodal, multisensual,” pero sigue siendo radicalmente que es difícil saber con certeza qué es. No hay un centro fijo, para empezar –ni tampoco orillas, ni límites. La línea de tiempo narrativa tradicional se desvanece en un entorno geográfico o laberinto sin salida, con comienzos, partes medias y finales dejando de ser parte de la presentación inmediata. En vez de ello: opciones ramificadas, menús, señaladores de vínculos o redes trazadas. No hay jerarquías en estas redes sin parte superior (ni inferior), conforme los párrafos, los capítulos y otras divisiones textuales convencionales son reemplazadas por bloques de texto y gráfica, del tamaño de una ventanilla, igualmente efímeros –pronto añadidos con sonido, animación y cine.
Como Carolyn Guyer y Martha Petry plantean en las “direcciones” de entrada de su hipertexto “Izme Pass,” publicado (si es que “publicado” es la palabra) en un disco incluido en el número de primavera de 1991 de la revista Writing on the Edge:
“Este es un nuevo tipo de ficción, y un nuevo tipo de lectura. La forma del texto es rítmica, enroscándose en ella misma en patrones y pliegues que gradualmente aceleran el sentido, así como el paso del tiempo y los eventos ocurren en nuestras vidas. Al tratar los vínculos de texto incrustados dentro de la obra llevará a reunir la narrativa bajo nuevas configuraciones, constelaciones fluidas formaran por la ruta de tu interés. La diferencia entre leer hiperficción y leer ficción impresa tradicional puede ser la diferencia entre navegar las islas y quedarse en el muelle contemplando el mar. Uno no es necesariamente mejor que el otro.”
Debo confesar en este punto que no soy un experto navegador del hiperespacio, ni que yo –conforme entro a mi séptima década y por lo tanto bastante comprometido, para bien o para mal, con la obsoleta tecnología de imprenta—pueda avocarme a realizar ficciones mayores en hipertexto. Pero, como siempre interesado en la subversión de la novela burguesa tradicional y en ficciones que desafíen la linealidad, sentí que algo estaba ocurriendo allá afuera (o dentro) y que debería saber de qué se trataba: si es que yo no iba a navegar por las islas de Guyer-Petry, por lo menos debería acercarme a la orilla con mis lentes de campo. Y ¿qué mejor que aprender enseñando un curso sobre el tema?
Así fue como inició el Taller de Ficción en Hipertexto de la Universidad de Brown, […] un curso dedicado tanto a los cambios en los hábitos de lectura como a la creación de nuevas narrativas.
Los estudiantes de escritura son criaturas notoriamente conservadoras. Escriben testaruda y esperanzadoramente dentro de la tradición de lo que han leído. Llevarlos a que intenten formas alternativas o innovadoras es más difícil que convencerlos de la castidad como estilo de vida. Pero confrontados con el hiperespacio, no tienen opción: todas las estructuras conformadas han sido borradas. Se trata de improvisar o de regresarse a casa. Algunos reconstruyen frenéticamente esas viejas estructuras, algunos simplemente se pierden y se desvanecen de la vista, la mayoría saltan temerarios sin preguntar qué tan profundo es (infinitamente profundo) y aceptan, aun cuando patalean para salvar sus pellejos, que esta nueva área es efectivamente un medio emocionante y provocador, si no es que frecuentemente frustrante, para la creación de nuevas narrativas, un espacio potencialmente revolucionario, capaz, exactamente como lo publicita, de transformar el arte mismo de la ficción, aun cuando ahora sigue siendo algo marginal, remoto, alejado en estos primeros días, del mainstream.
Con el hipertexto nos enfocamos, como escritores y como lectores, en la estructura así como en la prosa, ya que de pronto nos hacemos concientes de las formas de las narrativas que están muchas veces ocultas en las historias impresas. El elemento nuevo más radical que se pone al frente en el hipertexto es el sistema de vínculos multidireccionales y en ocasiones laberínticos que se nos invita o nos obliga a crear. Efectivamente, la imaginación creativa muchas veces se preocupa más por la vinculación, la asignación de rutas y el mapeo, que por la cláusula o el estilo, o por lo que llamaríamos personaje o trama (dos elementos narrativos tradicionales que están decididamente en peligro). Siempre nos asombramos al descubrir qué tanto de la experiencia de lectura y escritura ocurre en los intersticios y trayectorias entre fragmentos de texto. Esto es decir, los fragmentos de texto son como piedras en el camino, están ahí para nuestra seguridad, pero la corriente verdadera de la narrativa corre en medio de éstas.
“Lo que es muy bueno,” como un joven escritor, Alvin Lu, lo planteó en un ensayo de clase posteado en línea, es “el grado hasta el cual la narrativa es completamente destruida en sus partes constitutivas. Las partes de información transmiten conocimiento, pero la yuxtaposición de las partes crea narrativa. El énfasis de un hipertexto (narrativo) debe ser el grado para el cual al lector se le otorga poder, no para leer, sino para organizar los textos que son disponibles a éste. Cualquiera puede leer, pero no cualquiera tiene métodos sofisticados de organización disponible para ellos.”
Las ficciones desarrolladas en el taller, todos estos “aun en proceso,” han pasado de narrativas ancladas geográficamente, similares a Our Town y a historias de aventuras de la variedad de opciones personales, a parodias de clásicos, narrativas anidadas, poemas espaciales, comedia interactiva, sueños metamórficos, misterios detectivescos irresolutos, cómics móviles y manuales sexuales chinos.
En el hipertexto, el multivocalismo es popular, los elementos gráficos, tanto dibujados como escaneados, han sido incorporados a las narrativas, se han empleado cambios imaginativos en la tipografía, para identificar varias voces o elementos de la trama, y también ha habido un uso muy efectivo de documentos formales que no se usan típicamente en la ficción –tablas estadísticas, letras de canciones, artículos de periódico, guiones de películas, garabateos y fotografías, tarjetas de béisbol y scores de box, entradas de diccionario, portadas de álbumes de rock, pronósticos astrológicos, juegos de mesa y reportes médicos y policíacos.
En nuestros talleres semanales, los escritores seleccionados presentan, en un proyector, sus estructuras narrativas en desarrollo, luego enfrentan la crítica normal por su trabajo, diseño, desarrollo de personajes, impacto emocional, atención a los detalles y así sucesivamente, como apropiados. Pero también se involucran en diálogos continuos en línea, intercambiando críticas, entusiasmos, dudas, especulaciones, teorizaciones, bromas. Es tan divertido todo esto, tan irresistible esta experiencia “completamente celebratoria”, como Landlow lo hubiera querido, que la producción creativa, hasta ahora, ha sido mucho mayor que la de los talleres de escritura universitaria, y ciertamente de la misma calidad.
Además de las ficciones individuales, que son más o menos protegidas de las alteraciones por los modos antiguos, nosotros en el taller también hemos jugado libremente y muchas veces bastante anárquicamente en una ficción de grupo llamada “Hotel.” En ella, los escritores tienen la libertad de registrarse, abrir nuevos cuartos, nuevos corredores, nuevas intrigas, para desvincular textos o para crear nuevos enlaces, para intervenir en o subvertir los textos de otros, alterar las trayectorias de las tramas, manipular el tiempo y el espacio, llevar a cabo diálogos por medio de personajes inventados, luego matarse sus personajes o incluso sabotear la plomería del hotel. Es así como un día podemos encontrarnos a un hombre y una mujer encontrándose en el bar del hotel, generando una especie de encuentro sexual, sólo para regresar unos días después y descubrir que uno o ambos cambiaron de sexo. Durante uno de mis talleres de hipertexto, se causó cierta tensión en la lectura cuando descubrimos que había más de un cantinero en nuestro hotel: ¿era este el mismo bar o no? Uno de los estudiantes –Alvin Lu nuevamente—respondió vinculando todos los cantineros al cuarto 666, al cual llamó el “Centro de Producción,” donde un monstruo alienígena prisionero daba a luz a cantineros bajo demanda.
Este espacio de fragmentos esencialmente anónimos sigue en línea, y cada nuevo conjunto de estudiantes del taller es invitado a registrarse y continuar la historia del Hotel Hipertexto. Me gustaría ver si se mantiene abierto durante un siglo o dos.
Sin embargo, como todos nosotros hemos descubierto, aun cuando la tecnología básica del hipertexto puede estar con nosotros durante los siglos por venir, quizá igual de duradero que la tecnología del libro, su hardware y software parece ser frágil y de corta duración; nuevas generaciones completas de equipo y de programas llegan antes que podamos leer las instrucciones de las anteriores. Incluso mientras escribo, el altamente sofisticado sistema Intermedia de la Universidad de Brown, en la cual hemos estado escribiendo nuestras ficciones en hipertexto, está siendo desfasado porque es demasiado cara e incompatible con el nuevo sistema operativo de Apple, System 7.0. Una buena porción de nuestro último semestre se mantuvo transportando nuestros documentos de Intermedia a Storyspace (que Brown está adoptando) y ajustándose al nuevo entorno.
Este problema de estándares de los sistemas operativos está siendo urgentemente atendido y debatido ahora, por los escritores de hipertexto; si la interacción será el sello distintivo de la nueva tecnología, todos sus jugadores deben tener un lenguaje común y consistente, y todos deben estar igualmente habilitados en su uso. También hay otros problemas. Los procedimientos de navegación: ¿cómo te mueves en el infinito sin perderte? La estructuración del espacio puede ser tan decisiva y confusa, que puede absorber literalmente y neutralizar al narrador y agotar al lector. Y luego está el problema asociado de la filtración. Con un texto inestable que puede ser introducido por otros autores-lectores, ¿cómo es que tú, atrapado en el laberinto, puedes evitar el proceso? ¿cómo esquivas la basura? Los valores novelísticos venerables, como la unidad, la integridad, la coherencia, la visión y la voz, parecen estar en peligro. La elocuencia está siendo redefinida. El “Texto” ha perdido su certeza canónica. ¿Cómo puede uno juzgar, analizar, escribir acerca de un trabajo que nunca se lee de la misma manera dos veces?
¿Y qué con el flujo narrativo? Sigue habiendo movimiento, pero en el infinito sin dimensiones del hiperespacio, es más como una expansión interminable; corre el riesgo de ser tan distendido e impulsado con laxitud, que puede perder su fuerza centrípeta, para dar lugar a una suerte de lirismo estático de baja carga: esa sensación de ensoñada ingravidez de las primeras películas de ciencia ficción. ¿Cómo resuelve uno el conflicto entre el deseo del lector por coherencia y cierre y el deseo del texto por la continuidad, su miedo a la muerte? Efectivamente, ¿qué es el cierre en un entorno como éste? Si todo es una parte media, ¿cómo sabes cuándo terminaste, como lector o como escritor? Si el autor es libre de tomar una historia a donde sea en cualquier momento y en cuantas direcciones quiera, ¿no se convierte esto en una obligación a hacerlo?
Sin duda, este será un tema mayor para los artistas narrativos del futuro, incluso aquellos encerrados en las antiguas tecnologías de imprenta. Y eso no es nada nuevo. El problema de la conclusión fue un tema mayor --¿acaso no lo fue?—de la épica de “Gilgamesh” conforme fue esculpido en barro en los albores de la literacidad, y las rapsodias homéricas mientras fueron llevadas al papiro por los literatos griegos tecnológicamente innovadores, hace unos 26 siglos. Hay continuidad, después de todo, a través de las eras impulsadas por tecnologías cambiantes.
Mucho de esto pude haberlo adivinado –y de hecho sí lo adiviné—antes de entrar al hiperespacio, antes que levantara un mouse, y mis pensamientos han sido templados sólo un poco por la experiencia en línea. Lo que no había visto con claridad, sin embargo, fue que esta es una tecnología que absorbe al tiempo que desplaza totalmente. Los documentos impresos pueden leerse en el hiperespacio, pero el hipertexto no se traduce muy bien en imprenta. No es como el cine, que en realidad, es sólo el camino sin salida de la narrativa lineal, así como la música dodecafónica es el camino sin salida de la música de pentagrama.
El hipertexto es verdaderamente un entorno nuevo y único. Los artistas que trabajan en él deben ser leídos ahí. Y probablemente sean juzgados ahí también: la crítica, como la ficción, se está moviendo fuera de la página y en línea, y es en sí misma susceptible a cambios continuos de mente y de texto. La fluidez, la contingencia, la indeterminación, la pluralidad, la discontinuidad son las palabras del día, y parecen estar convirtiéndose rápidamente en principios, de la misma manera que la relatividad no hace mucho desplazó a la manzana cayendo.


martes, 17 de febrero de 2009

HETERARQUÍA

Arquitectura y dominación. (Lebbeus Woods)




En el campo de las ciencias sociales, se suele discutir el espacio en función de la presencia del hombre en él. En arquitectura, sin embargo, son las cualidades abstractas del espacio las que se destacan, por un motivo comprensible aunque no del todo perdonable: los arquitectos son especialistas en la formación de estas cualidades. Uno de los clichés asociados con este enfoque es que el espacio se diseña para ser funcional, lo que significa, en la jerga de los arquitectos, dar a rudos los espacios que diseñan una forma pensada para un «programa» de uso humano.
Esto, por supuesto, es absurdo. Los arquitectos suelen diseñar volúmenes de espacio rectilíneos, siguiendo las reglas cartesianas de la geometría, y cualquiera puede observar que semejantes espacios no resultan más adecuados para ser utilizados como despachos que un dormitorio o una carnicería. Todo espacio diseñado es, de hecho, pura abstracción, más fiel a un sistema matemático que a cualquier «función» humana. Mientras los arquitectos hablan de diseñar espacios que satisfagan las necesidades humanas, de hecho son éstas las que se diseñan para satisfacer el espacio diseñado y el abstracto sistema de pensamiento y organización en que se basa el diseño. En el caso de los espacios cartesianos, estos sistemas incluyen no sólo la dualidad cuerpo-mente de Descartes, sino también el determinismo causa-efecto de Newton, las leyes de lógica de Aristóteles y otras construcciones teóricas requeridas por los poderes sociales y políticos del momento. El diseño es una forma de controlar el comportamiento humano y de mantener este control en el futuro. El arquitecto es un funcionario en una cadena de mando cuya tarea más importante (desde el punto de vista de las instituciones) consiste en calificar espacios que, de otro modo, quedarían abstractos y «absurdos», con «funciones» que en realidad son instrucciones a la gente sobre cómo han de comportarse en determinados lugares y momentos. La trama de espacios diseñados, la ciudad, es un intrincado plan de comportamiento que proscribe toda clase de interacciones sociales y que excluye, por tanto, los pensamientos y, cuando es posible, los sentimientos de los individuos.
Un volumen rectilíneo de espacio denominado «Sala de conferencias» requiere que las personas que ocupen dicho espacio se comporten como conferenciante o como oyentes. Si alguien infringe estos comportamientos, por ejemplo, decidiendo cantar durante el comportamiento prescrito de dar o escuchar una conferencia, porque el espacio tiene una buena acústica, perfecta para cantar, entonces el público de oyentes obedientes, o el orador, e incluso la policía si el infractor no desiste, presionarán al infractor para que calle. O, para citar un ejemplo menos llamativo, si uno de los oyentes hace una pregunta (durante la sesión de preguntas y respuestas que suelen seguir a las conferencias) demasiado larga, el público de obedientes preguntadores intentará silenciar al infractor del comportamiento prescrito del espacio en cuestión. En algunos casos, el hacer una pregunta con una tendencia ideológica «errónea», no proscrita y descontrolada producirá el mismo resultado. En los casos extremos, ello hará que intervenga la policía.
La justificación de la supresión de quienes infringen el comportamiento prescrito para la ocupación del espacio diseñado queda bastante clara. El orden social ha de ser mantenido para que se pueda proteger la libertad individual (que en su mayor parre es libertad para conformarse a las normas sociales). Piensen en el pobre conferenciante, que sin duda alguna tiene algo interesante que decir, interrumpido por el cantante, por el individuo que hace preguntas excesivamente largas, que en realidad procura usurpar el papel del conferenciante, por el pensador, cuyas opiniones heréticas perturban el equilibrio cuidadosamente controlado de la conferencia y del escuchar. Según el argumento, si se infringe la «función del espacio» y si dicha infracción se tolera, ello podría establecer un precedente, difundirse y amenazar a todo el mecanismo de la sociedad. Anarquía. Caos. No se puede permitir.
Los pobres arquitectos, por supuesto, apenas son conscientes de todas estas condiciones. Aislados en una tarea especializada, alabados por las autoridades superiores (clientes, jurados de premios y agencias sociales de todo tipo), por su talento en la manipulación de las cualidades abstractas del espacio y de sus formas de finidoras, y al mismo tiempo, por satisfacer las necesidades de la gente (reforzando de paso el comportamiento prescrito), los arquitectos pueden vivir con la ilusión de que son los artistas primordiales y más importantes, que dan forma al espacio y a sus cualidades para un público apreciativo (obediente) de usuarios. En consecuencia, en el pensamiento y el discurso de los arquitectos, las cualidades formales del espacio predominan sobre su contenido humano, que simplemente se da por supuesto. En el caso de la sala de conferencias, los arquitectos discutirán las sutilezas de las proporciones del espacio, su iluminación, el empleo de los materiales, las líneas de visión entre el público y el escenario. Pueden referirse a sus características acústicas aludiendo a sus «funciones», pero nunca cuestionarán las premisas del «programa» para el espacio: el concepto de «conferencia».
Un gran arquitecto, como Mies van der Rohe, es capaz de elevar este predominio hasta el nivel de principio filosófico. Le gustaba decir que las principales obras arquitectónicas de la historia eran los templos del mundo antiguo, cuyo espacio interior no tenía, o apenas, función humana. Eran arquitectura pura, arquitectura como religión. Su concepto de «espacio universal», que tuvo como resultado algunos de los mejores edificios modernos (los suyos) y también los peores (los de sus imitadores), también contenía insinuaciones religiosas. La arquitectura era algo por encima de la vida o, por lo menos, más allá de la confusión de las vidas llevadas en su interior.
La cuestión del espacio.


Lebbeus Woods. En Tecnociencia y cibercultura, VVAA Ed.Paidos.1998

Obtenido en Witzeclau Fuente: http://www.ignacioparis.org/?p=52#more-52